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viernes, 29 de octubre de 2010

El hombre que sabía demasiado

TÍTULO ORIGINAL The Man Who Knew Too Much
AÑO 1956

DURACIÓN 120 min. Trailers/Vídeos

PAÍS

DIRECTOR Alfred Hitchcock
GUIÓN John Michael Hayes
MÚSICA Bernard Herrmann
FOTOGRAFÍA Robert Burks
REPARTO James Stewart, Doris Day, Brenda de Banzie, Bernard Miles, Ralph Truman, Daniel Gélin, Alan Mowbray
PRODUCTORA Paramount Pictures
PREMIOS 1956: Oscar: Mejor canción
GÉNERO Intriga Espionaje. Remake
SINOPSIS El Dr. Ben MacKenna y su mujer Jo son una pareja estadounidense que pasa sus vacaciones en Marruecos junto con su hijo Hank. Tras la muerte de un espía en brazos de Ben, cuando éste se encontraban visitando el mercado de Marrakech, el matrimonio descubre que su hijo ha sido secuestrado. Sin saber en quién confiar, los MacKenna se ven envueltos en una pesadilla de espionaje internacional, asesinatos y angustia. (FILMAFFINITY)

CRÍTICAS ----------------------------------------
"El maestro retoma la historia que ya rodase en 1934 para dar forma a este inquietante thriller protagonizado por un inconmensurable Stewart. Conspiraciones, pistas falsas y malentendidos para una joya del cine de intriga" (Fernando Morales: Diario El País)
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El hombre que sabía demasiado (película de 1934)
De Wikipedia, la enciclopedia libre
(Redirigido desde El hombre que sabía demasiado (1934))
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Para otros usos de este término, véase El hombre que sabía demasiado.
The Man Who Knew Too Much
Título El hombre que sabía demasiado
Ficha técnica
Dirección Alfred Hitchcock
Dirección artística Alfred Junge
Guión Charles Bennett
D.B. Wyndham-Lewis
Fotografía Curt Courant
Montaje Hugh Stewart
Reparto Leslie Banks
Edna Best
Peter Lorre
Frank Vosper
Hugh Wakefield
Nova Pilbeam
Datos y cifras
País(es) Reino Unido
Año 1934
Duración 75 minutos
Compañías
Productora Gaumont British Picture Corporation
Ficha en IMDb
Ficha en FilmAffinity
El hombre que sabía demasiado es una película dirigida por Alfred Hitchcock. Años más tarde realizaría una versión en Estados Unidos que contó con la participación de James Stewart.

[editar] Argumento
Betty (Nova Pilbeam), hija de Bob (Leslie Banks) y Jean Lawrence (Edna Best), se van de vacaciones a Suiza. Allí conocen a Louis Bernard (Pierre Fresnay), un hombre un poco extraño. Louis, justo antes de morir, le pide a Bob que entregue unos documentos a las Autoridades. Poco a poco, se descubrirá que es un espía británico.
editar] Comentarios
El propio Hitchcock hizo una nueva versión en 1956 con mucho más presupuesto. [editar] Enlaces externos
El hombre que sabía demasiado
PELICULA ORIGINAL DE 1936 COMPLETA

The Man Who Knew Too Much (película de 1956)
De Wikipedia, la enciclopedia libre
(Redirigido desde El hombre que sabía demasiado (1956))
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Para otros usos de este término, véase El hombre que sabía demasiado.
The Man Who Knew Too Much
Título El hombre que sabía demasiado / En manos del destino
Ficha técnica
Dirección Alfred Hitchcock
Dirección artística Henry Bumstead
Hal Pereira
Guión Charles Bennett
D.B. Wyndham-Lewis
Música Bernard Herrmann
Fotografía Robert Burks
Montaje George Tomasini
Reparto James Stewart
Doris Day
Brenda De Banzie
Bernard Miles
Ralph Truman
Daniel Gélin
Datos y cifras
País(es) Estados Unidos
Año 1956
Duración 120 minutos
Compañías
Productora Gaumont British Picture Corporation
Ficha en IMDb
Ficha en FilmAffinity
The Man Who Knew Too Much conocida en castellano como El hombre que sabía demasiado (España y Sudamérica), y En manos del destino (México y Centroamérica), es una película de 1956 dirigida por Alfred Hitchcock. La película ya había sido realizada por el director en 1934 en el Reino Unido, años más tarde y ya en Estados Unidos volvió a hacer esta película con un presupuesto mayor y con actores más conocidos como James Stewart, Doris Day y Brenda de Banzie.

Contenido [ocultar]
1 Argumento
2 Comentarios
3 Premios
4 Enlaces externos


[editar] Argumento
Hank (Christopher Olsen), hijo de Ben (James Stewart) y Josephine Conway McKenna (Doris Day), se van de vacaciones a Marruecos. En el autobús conocen a Louis Bernard (Daniel Gélin), un hombre un poco extraño, quien es apuñalado mientras corría en la ciudad disfrazado de marroquí. Louis, justo antes de morir, le pide a Bob que entregue unos documentos a las autoridades. Poco a poco, se descubrirá que es un espía británico. Louis Bernard, en su agonía, comenta a Ben que es un espía y ha descubierto un complot para asesinar al premier inglés, así que le encomienda la misión de evitar el magnicidio. Este secreto pone en peligro la vida de Hank (hijo de Ben), quien es secuestrado por los autores del complot,con el fin de que Ben y su esposa Jo no divulguen a las autoridades inglesas el plan y eviten el asesinato. Ben y su esposa tratan por su cuenta de liberar a su hijo, pasando memorables equívocos. Ben entra a la tienda de un taxidermista llamado Ambrose Chapell (en inglés, Capilla de Ambrosio) siendo confundido con un demente, y al llegar a la verdadera capilla descubre que el reverendo y las damas de honor son los espías, quienes lo atrapan. Logra escapar para tratar de evitar el asesinato, lo que consigue Jo al gritar y distraer al asesino, provocando que falle el tiro. En represalia, se llevan Hank a una embajada, donde Jo con su famosa canción Lo que será, será consigue localizar a Hank, el cual responde silbando. Ben forcejea con el último asesino, quien cae por una larga escalinata y se desnuca (se dispara con su propia pistola y muere).

[editar] Comentarios





'El hombre que sabía demasiado', encuentro en Marrakech
Alfred Hitchcock se "remakea" a sí mismo y cumple con nota
8

Autor: Christian Aguilera

Anticipándose a la serie de remakes (encubiertos o no) que se han confeccionado con el paso de los años -El agente secreto, 39 escalones, Alarma en el expreso, Crimen perfecto, etc.-, Alfred Hitchcock decidió hacer lo propio con uno de sus films de la etapa inglesa que había marcado un punto de inflexión en cuanto a la recepción comercial.

El título en cuestión, El hombre que sabía demasiado (1934) ya había sido valorado en su época bajo el mecenazgo de David O. Selznick para ser readaptado, pero el proyecto acabaría siendo postpuesto, dándose un trasvase de «poderes» en el sentido que Paramount adquiriría los derechos de explotación de la historia urdida por Charles Bennett y D. B. Wyndham-Lewis.

Los dieciocho años transcurridos desde que se decidiera por dar luz verde al proyecto devino tiempo suficiente para que la historia sufriera notables cambios, el más evidente de los cuales sería el que la nueva versión de El hombre que sabía demasiado aconteciera, en su primera parte, en Marruecos en lugar de Suiza.

A pesar de que el guión escrito por John Michael Hayes y Angus McPhail contempla una breve referencia al país helvético donde Hitchcock y su familia solía pasar las vacaciones, esta nueva versión se mueve en dos naciones que exhiben severos contrastes entre ambas: Marruecos e Inglaterra.

La idea propuesta por Hayes de habilitar el país nordafricano como escenario de la primera parte del film permite el desarrollo de un concepto que define el modelo de historia de suspense imaginado por Hitchcock: tras las apariencias se esconde una realidad sustancialmente diferente.

Un juego de máscaras

La primera secuencia de El hombre que sabía demasiado (1956) nos ayuda a medir el alcance alegórico que persigue el guión de Hayes: Hank (Christopher Olsen), el hijo del matrimonio formado por el doctor Ben Mckenna (James Stewart) y Jo (Doris Day), al efectuar una brusca maniobra el conductor del autocar en el que viajan, propicia que el rostro de una mujer árabe quede al descubierto.

Una situación que podría servir como mero pretexto para introducir en la acción a un súbdito francés, Louis Bernard (Daniel Gélin), quien trata de explicar a los McKenna el porqué de la ira de los árabes al quedar sin velo la mujer. Pero en manos de Hitchcock nos indica que estamos ante un relato dual, que juega con el valor de las máscaras con la voluntad de ocultar una realidad distinta.

En esta dinámica se mueve El hombre que sabía demasiado, un título que hace referencia al personaje del propio Bernard, quien acaba siendo asesinado parapetado en otra identidad, la que le confiere un vestuario y un rostro embadurnado más acorde al de unárabe queal de un genuino francés.

Al margen de la revelación de información en ese instante en el que Bernard, herido de muerte, se pliega de rodillas frente a Ben McKenna en medio de una plaza atestada de viandantes, se produce una transferencia de compromiso: las manos del doctor se cubren de barro, como si de sangre se tratara; para que queden «limpias» deberá implicarse en una investigación que asimismo compromete al futuro de su hijo Hank, secuestrado por Edward (Bernard Miles) y Lucy Drayton (Brenda de Branzie, actriz que un año más tarde intervino en una producción televisiva de 39 escalones), una pareja de británicos que los McKenna habían conocido en un restaurante de Marrakech.

La escena en el restaurante sería la primera de las que Hitchcock ideó -su aportación más «visible» a un guión que firman Hayes y McPhail- para crear espacios de «descanso» en el curso de una trama de suspense que tiene en el escenario del Royal Albert Hall su clímax. Antes de ceder buena parte del protagonismo a este emblemático recinto londinense, Hitchcock habilita una serie de escenas que abundan en el concepto de relajar al espectador -la del taxidermista, las idas y venidas de Jo y Ben para estupefacción de sus invitados- pero al mismo tiempo ofrece pistas falsas a las que el cineasta británico era tan proclive colocar en medio de la trama.

En este proceso de investigación se evidencia lo ambivalente de una relación conyugal que hace más creíbles si cabea los personajes: la misma se lleva a cabo por separado por parte de Ben y Jo, pero también unen sus esfuerzos en un momento crucial para su posterior resolución.

Este detalle de «visualizar» juntos y por separado a Ben y Jo persiguiendo un mismo objetivo -la liberación de su hijo- refuerza todo aquello que había quedado plasmado en los diálogos de la primera parte del film.Éstos ya colocan «en guardia» al espectador de que no estamos frente a una ejemplar familia norteamericana: ella se ha resignado a abandonar su carrera como cantante porque su marido se muestra remiso a abandonar su plaza en un hospital de Indianápolis.

A tal propósito, Hitchcock se cobra una de sus habituales ironías ya que el hospital lleva por nombre«El Buen Samaritano». Si a ello sumamos la escena del taxidermista con Ben McKenna amenazado por la presencia de criaturas disecadas (un anticipo de la fauna que «adorna» el hall del Motel Bates en Psicosis) o que otro Benjamin, de nombre Arthur, fuera el artífice de la obra «Nubes tormentosas» interpretada por la London Symphony Orchestra bajo la dirección de Bernard Herrmann, podemos dar fe que Hitchcock no había perdido la noción de ironía que implicaría al grueso de sus producciones pese a que, en apariencia, El hombre que sabía demasiado se ofrece como un efectivo mecanismo de relojería de suspense que, en cada revisión, gana enteros por su impecable construcción.

Tan sólo si nos centramos en la forma cómo se rodó la parte final en el Royal Albert Hall -con la concatenación de planos fijos, muy en la línea de la planificación de las escenas preliminares de Yo confieso (1952)- podremos calibrar aquella máxima que reza que lo más sencillo es, a veces, lo más complejo de realizar. Y en esta argumentación encontramos en Hitchcock al «hombre que sabía demasiado».

domingo, 29 de noviembre de 2009

Cine mejicano-1936-1957


Alla en el rancho grande,1936



Al terminar la guerra, el cine mexicano gozó del prestigio que había alcanzado durante unos años más. Sin embargo, el repunte del cine norteamericano y la aparición de la televisión representaron una seria amenaza para una cinematografía que ya daba señales de cansancio.

En 1946 asumió la presidencia el veracruzano Miguel Alemán Valdés. La llegada al poder de Alemán representó un cambio importante dentro de las estructuras del poder político en México. Alemán era el primer civil que llegaba a la presidencia desde 1932.

Entre 1946 y 1950 ocurrieron cosas importantes dentro del cine nacional: Emilio Fernández consolidó su fama mundial al obtener distintos premios internacionales, el director español Luis Buñuel inició la etapa mexicana de su filmografía y Pedro Infante se convirtió en el actor más popular de nuestro país.

A pesar de ello, el cine mexicano comenzó a manifestar síntomas de no estar del todo bien. Para preservar el ritmo de trabajo alcanzado durante la guerra, las compañías productoras decidieron abaratar los costos de producción de las películas. De esta manera proliferaron los llamados "churros": películas de bajo presupuesto, filmadas en poco tiempo y de mala calidad en general.

Bajo el gobierno de Alemán se decretó la Ley de la Industria Cinematográfica. En ella se dejaba a la Secretaría de Gobernación, por conducto de la Dirección General de Cinematografía, el estudio y resolución de los problemas relativos al cine. Esta decisión -que con el tiempo afectaría negativamente al desarrollo de nuestro cine- fue tomada por la necesidad de controlar al monopolio de la exhibición cinematográfica que existía en esos años (García Riera, 1986: 160).



Para 1949, la exhibición de películas en la República Mexicana estaba casi totalmente controlada por un grupo encabezado por el norteamericano William Jenkins. Al pasar el control del cine a la Secretaría de Gobernación, Alemán intentó desmantelar el monopolio, al mismo tiempo que dio el primer paso para la burocratización del cine, un lastre que la industria ha venido arrastrando hasta nuestros días.



Clásicos de la época de oro (1936-1957)
Con el estreno de Allá en el Rancho Grande (1936) de Fernando de Fuentes el cine mexicano inició su época de oro. En esos años, la conjunción perfecta de una industria pujante, excelentes realizadores y un soberbio cuadro de estrellas permitió la producción de un cine de gran calidad y éxito comercial. Prueba de ello es que más de la mitad de las seleccionadas entre las 100 mejores películas del cine mexicano corresponden a aquellos años dorados. En 1957, con la trágica muerte de Pedro Infante, el cine mexicano culminó su mejor etapa e inició una larga crisis que perdura hasta nuestros días.

Clásicos de la época de oro:
Allá en el Rancho Grande (1936) de Fernando de Fuentes
Águila o sol (1937) de Arcady Boytler
La mujer de nadie (1937) de Adela Sequeyro
Diablillos de arrabal (1938) de Adela Sequeyro
Ahí está el detalle (1940) de Juan Bustillo Oro
Cuando los hijos se van (1941) de Juan Bustillo Oro
La isla de la Pasión (Clipperton) (1941) de Emilio Fernández
El baisano Jalil (1942) de Joaquín Pardavé
Historia de un gran amor (1942) de Julio Bracho
Una carta de amor (1943) de Miguel Zacarías
Distinto amanecer (1943) de Julio Bracho
Doña Bárbara (1943) de Fernando de Fuentes
Flor silvestre (1943) de Emilio Fernández
María Candelaria (Xochimilco) (1943) de Emilio Fernández
México de mis recuerdos (1943) de Juan Bustillo Oro
Santa (1943) de Norman Foster y Alfredo Gómez de la Vega
Las abandonadas (1944) de Emilio Fernández
La barraca (1944) de Roberto Gavaldón
Bugambilia (1944) de Emilio Fernández
Campeón sin corona (1945) de Alejandro Galindo
Pepita Jiménez (1945) de Emilio Fernández
La perla (1945) de Emilio Fernández
Enamorada (1946) de Emilio Fernández
Gran Casino (1946) de Luis Buñuel
La otra (1946) de Roberto Gavaldón
Los tres García (1946) de Ismael Rodríguez
La diosa arrodillada (1947) de Roberto Gavaldón
Gángsters contra charros (1947) de Juan Orol
Músico, poeta y loco (1947) de Humberto Gómez Landero
El niño perdido (1947) de Humberto Gómez Landero
Nosotros los pobres (1947) de Ismael Rodríguez
Río Escondido (1947) de Emilio Fernández
Calabacitas tiernas (¡Ay qué bonitas piernas!) (1948) de Gilberto Martínez Solares
Esquina bajan...! (1948) de Alejandro Galindo
Una familia de tantas (1948) de Alejandro Galindo
Lola Casanova (1948) de Matilde Landeta
Maclovia (1948) de Emilio Fernández
Pueblerina (1948) de Emilio Fernández
Salón México (1948) de Emilio Fernández
Los tres huastecos (1948) de Ismael Rodríguez
Aventurera (1949) de Alberto Gout
Doña Diabla (1949) de Tito Davison
Duelo en las montañas (1949) de Emilio Fernández
El gran calavera (1949) de Luis Buñuel
La malquerida (1949) de Emilio Fernández
La negra Angustias (1949) de Matilde Landeta
La oveja negra (1949) de Ismael Rodríguez
No desearás la mujer de tu hijo (1949) de Ismael Rodríguez
El rey del barrio (1949) de Gilberto Martínez Solares
¡Ay amor... cómo me has puesto! (1950) de Gilberto Martínez Solares
Doña Perfecta (1950) de Alejandro Galindo
En la palma de tu mano (1950) de Roberto Gavaldón
La marca del zorrillo (1950) de Gilberto Martínez Solares
Los olvidados (1950) de Luis Buñuel
Rosauro Castro (1950) de Roberto Gavaldón
Sensualidad (1950) de Alberto Gout
Siempre tuya (1950) de Emilio Fernández
Simbad el mareado (1950) de Gilberto Martínez Solares
El suavecito (1950) de Fernando Méndez
Susana (Carne y demonio) (1950) de Luis Buñuel
Víctimas del pecado (1950) de Emilio Fernández
A. T. M. A toda máquina! (1951) de Ismael Rodríguez
El ceniciento (1951) de Gilberto Martínez Solares
Chucho el Remendado (1951) de Gilberto Martínez Solares
La hija del engaño (1951) de Luis Buñuel
Una mujer sin amor (1951) de Luis Buñuel
Mujeres sin mañana (1951) de Tito Davison
La noche avanza (1951) de Roberto Gavaldón
El revoltoso (1951) de Gilberto Martínez Solares
Subida al cielo (1951) de Luis Buñuel
Trotacalles (1951) de Matilde Landeta
El bello durmiente (1952) de Gilberto Martínez Solares
El bruto (1952) de Luis Buñuel
Dos tipos de cuidado (1952) de Ismael Rodríguez
Él (1952) de Luis Buñuel
Me traes de un ala (1952) de Gilberto Martínez Solares
El rebozo de Soledad (1952) de Roberto Gavaldón
Robinson Crusoe (Adventures of Robinson Crusoe) (1952) de Luis Buñuel
Abismos de pasión (1953) de Luis Buñuel
Espaldas mojadas (1953) de Alejandro Galindo
La ilusión viaja en tranvía (1953) de Luis Buñuel
El mariachi desconocido (Tin Tan en La Habana) (1953) de Gilberto Martínez Solares
Raíces (1953) de Benito Alazraki
El rapto (1953) de Emilio Fernández
Reportaje (1953) de Emilio Fernández
Escuela de vagabundos (1954) de Rogelio A. González
El río y la muerte (1954) de Luis Buñuel
El vizconde de Montecristo (1954) de Gilberto Martínez Solares
Ensayo de un crimen (1955) de Luis Buñuel
El inocente (1955) de Rogelio A. González
Lo que le pasó a Sansón (1955) de Gilberto Martínez Solares
El médico de las locas (1955) de Miguel Morayta
El gato sin botas (1956) de Fernando "Papi" Cortés
Ladrón de cadáveres (1956) de Fernando Méndez
La muerte en este jardín (La mort en ce jardin) (1956) de Luis Buñuel
Torero (1956) de Carlos Velo
El vampiro (1957) de Fernando Méndez





Espaldas mojadas (1953)

México Blanco y Negro
Lugar dentro de las 100 mejores películas del cine mexicano: 97

Una producción de:
ATA Films y Atlas Films

Género:
Drama social

Duración:
116 min.

Sonido:
Monoaural

Dirección:
Alejandro Galindo

Asistente de Dirección:
Jesús Marín

Producción:
José Elvira; gerente de producción: Manuel Jasso Rojas; jefe de producción: Luis G. Rubín

Guión:
Alejandro Galindo

Fotografía:
Rosalío Solano; stock shots para efectos especiales: Bill Miller

Escenografía:
Edward Fitzgerald

Maquillaje:
Carmen Palomino

Edición:
Carlos Savage

Sonido:
Rodolfo Solís y Jesús González Gancy

Música:
Jorge Pérez H.; canciones: "Nací en la frontera", "Canción mixteca", "Desterrado me fuí", "Dos arbolitos"


Reparto: David Silva
....
Rafael Améndola Campuzano

Víctor Parra
....
míster Sterling

Martha Valdés
....
Mary o María del Consuelo

Óscar Pulido
....
Luis Villarreal o Louie Royalville

José Elías Moreno
....
Frank Mendoza

Pedro Vargas
....
bracero

Alicia Malvido
....
Agnes

Carolina Barret
....
Margarita Frías

Salvador Godínez
....
bracero

Lola Beltrán
....
cantante

Rogelio Fernández
....
bracero

Guillermo Álvarez Bianchi
....
Rico

Eulalio González "Piporro"
....
Alberto Cuevas

Jorge Treviño
....
cantinero

Jorge Arriaga
....
comisario

José Chávez Trowe
....
Felipe Quintanilla

Salvador Quiroz
....
policía mexicano

Gregorio Acosta



Julio Sotelo

Emilio Garibay

José Luis Fernández

Trío Calaveras

Sinopsis:
Huyendo de la justicia, el trabajador Rafael Améndola logra cruzar la frontera ayudado por el "pollero" Frank Mendoza, socio del estadounidense Sterling. Ya en territorio de los Estados Unidos, Rafael vive en constante zozobra, sin lograr adaptarse al estilo de vida americano y añorando con nostalgia su vida en México.Crítica y análisis sobre el cine mexicano


Libros de crítica y análisis


Revistas


El ejercicio de la crítica cinematográfica en México cuenta con una tradición centenaria y se ha visto revitalizado con la constante aparición de libros y revistas que revisan, desde una perspectiva crítica, el fenómeno cinematográfico en nuestro país. La siguiente selección no es exhaustiva pero demuestra la gran cantidad de material que se ha escrito sobre nuestro cine.




Libros de crítica y análisis (listado alfabético por título):
Aventura del cine mexicano: En la época de oro y después, La (1993) por Jorge Ayala Blanco
Bandolero, el pocho y la raza, El (2000) por David R. Maciel
Búsqueda del cine mexicano, La (1986) por Jorge Ayala Blanco
Bye Bye Lumière... Investigación sobre cine en México (1994) por Eduardo de la Vega Alfaro y Enrique E. Sánchez Ruiz (Compiladores)
Cine y género (2001) por Patricia Torres San Martín
Cinta de plata, La (1986) por Jaime Torres Bodet
Condición del cine mexicano, La (1986) por Jorge Ayala Blanco
Década perdida, La (1986) por Gustavo García
Disolvencia del cine mexicano: Entre lo popular y lo exquisito, La (1991) por Jorge Ayala Blanco
Eficacia del cine mexicano: Entre lo viejo y lo nuevo, La (1996) por Jorge Ayala Blanco
Exaltados, Los (1992) por Ángel Miquel
Fugacidad del cine mexicano, La (2001) por Jorge Ayala Blanco
Grandeza del cine mexicano, La (2004) por Jorge Ayala Blanco
Horizontes del segundo siglo: Investigación y pedagogía del cine mexicano, latinoamericano y chicano (1998) por Julianne Burton-Carvajal, Patricia Torres San Martín y Ángel Miquel (Editores)
Imágenes cambiantes (1996) por Luis Trelles Plazaola
Mujeres de luz y sombra en el cine mexicano (1998) por Julia Tuñón
Por las pantallas de la ciudad de México (1995) por Ángel Miquel
Rostros de un mito: Personajes femeninos en las películas de Emilio "Indio " Fernández, Los (2000) por Julia Tuñón
Rostros del cine mexicano (1999) por Carlos Monsivais
Verdad y mentira del cine mexicano (1981) por Alejandro Galindo
Revistas (listado cronológico):
DICINE (1984-1997)



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“El cine mexicano no se puede explicar actualmente sin las escuelas de cine”


Patricia E. Dávalos Culturas Martes 14 de Marzo, 2006 Hora de creación: 00:00 Ultima modificación: 04:02


El cine se aprendía en la práctica y sin fundamento teórico y fue a partir de la creación de escuelas que se formaron cineastas con preocupaciones más profundas y una visión más crítica de lo que les rodea. Y es claro que el talento no se adquiere, pero sí las técnicas para consolidar una visión y transmitirla; para eso están las escuelas como el CUEC, señaló su director, el cineasta Armando Casas.
Hoy en Bellas Artes, durante la ceremonia número 48 de la entrega del Ariel a lo mejor del cine mexicano, el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, conjuntamente con el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), recibirán el Ariel de Oro por su contribución al cine mexicano.
Armando Casas (Un mundo raro, 2001), actual director del CUEC, subraya que la escuela, inscrita dentro de la Universidad Nacional Autónoma de México, es merecedora justa del reconocimiento de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, pues se ha encargado de formar a cineastas reconocidos a lo largo de 43 años, desde su fundación, en 1963.
El cineasta, entrevistado en su oficina de Adolfo Prieto donde se ubica la escuela, explica a Crónica orgulloso: “ya se habían tardado” en otorgar este reconocimiento, y asegura, no se puede entender el buen cine mexicano, con todo y los problemas de la producción, sin las escuelas de cine.
“Tenemos unos cineastas más preparados técnicamente, con una visión y un bagaje más profundo; creo que la academia es el camino más corto, no el más fácil, para formarse como cineastas, y es el camino que tiene mayores certezas. Finalmente uno va formando y aprendiendo con ejercicios y es menos doloroso que el mundo real”, dice Casas, quien al igual que otros cineastas, debió pasar por momentos difíciles para conseguir levantar su propia ópera prima.
Orgulloso universitario, Casas afirma que el CUEC tienes más fortalezas que debilidades, entre las que destacan la pluralidad, la visión crítica, la tolerancia, la amplitud de ideas, el análisis, la dimensión social, “creo que estas son las características de la escuela. Hay gente que estudia en el extranjero, a donde van sólo quienes tienen la posibilidad económica, pero regresan con la convicción de que el CUEC es mejor”.
Cada año, la escuela de cine de la UNAM admite solo a 15 personas, de un promedio de 250 peticiones. “La escuela tiene un gran nivel de funcionamiento, estamos en festivales, obtenemos premios, la gente es muy capacitada porque aceptamos sólo quince. Y son los 15 mejores. Tenemos la experiencia para decir quiénes son. No puedes aceptar a alguien que no trae cierto bagaje cultural, a quien no le detectas cierta visión; a quien no tiene cierta capacidad de imaginación, o de construcción de lenguaje, de articulación, le va a costar más trabajo”, explica Casas.
Mientras se discute sobre si el cine se enseña o no, Casas habla de gente generosa que siempre quiere transmitir sus conocimientos y su arte a los estudiantes, en esta paradoja, refiere el cineasta, hay elementos que no se pueden enseñar, “y es cierto que el bagaje, el talento, la visión no se enseñan, pero si las técnicas para que ellos puedan consolidar una visión, con un sentido crítico social, muy distinto a lo que se estaba haciendo en el cine mexicano.
“Se ve que la mirada es otra, hay análisis. A diferencia de muchas otras escuelas, los muchachos no están solos ni filman por filmar; hay una historia, todo debe estar al servicio de una visión, de un universo propio, con el dominio de la técnica, que sin tener nada que expresar es vacía. Aquí hacemos cine que busca expresar emociones, transmitir emociones e ideas”, afirma el director del CUEC.



De sus filas han egresado 349 cineastas
Como hacedor de cineastas, el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos tiene en su haber 349 egresados en sus 43 años de creación, cuando el maestro Manuel González Casanova se interesó en la enseñanza académica del cine en la UNAM y a partir de las reflexiones llamadas 50 lecciones de cine y lecciones de análisis cinematográfico surgieron algunas conferencias y después la primera escuela de cine en México y América Latina.
Un par de viejas cámaras bolex de 16 mm, una moviola también de 16 mm., y un estudio de proyección usado fueron los primeros elementos de la escuela que hoy presume una cámara profesional de 35 mm.
Desde su fundación han egresado 349 alumnos de unos 800 que han pasado por sus aulas, y cada año se reciben sólo a 15. Su acervo es de 800 películas y sus realizaciones han obtenido 85 premios y reconocimientos nacionales e internacionales, 40 de los cuales han sido en los últimos cinco años.
A 43 años de su creación, el CUEC no es sólo semillero de cineastas, que, a decir de su director, Armando Casas, encuentran trabajo en el extendido universo audiovisual —entiéndanse cine y sus rubros, como sonido, edición, fotografía, etcétera—, sino que es también formador de profesores reconocidos internacionalmente.
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